En Cuba no mandan los Borbones hace rato.

Maceo, paradigma de la independencia nacional.

 Por el Dr.C. Eduardo Torres Alpízar

El Rey de España, hijo de aquel otro Rey que exterminaba elefantes en sus hora de asueto, un señorito que nació con el apellido Borbón, y que después de su coronación responde al nombre de Felipe VI, acaba de declarar a la prensa que no viajará a Cuba, hasta que el General de Ejército y Primer Secretario del Partido Comunista de Cuba, nuestro Presidente de los Consejos de Estado y de Ministros, Raúl Castro Ruz, no renuncie a sus responsabilidades al frente de Cuba. Además de irrespetuosas, sus palabras resuman un tufillo de anacronismo que sorprende. Debiera saber este reyezuelo, que lejanos están los días en que los españoles exterminaban a nuestros aborígenes, y Felipe II se vanagloriaba de que en su reino nunca se ponía el sol.

Debiera saber este monarca trasnochado que nuestros jefes nunca bajaron su frente ni ante los Presidentes del mayor imperio de la historia de la humanidad. Así que no será un represente de las vetustas y anacrónicas monarquías europeas, quien haga que nuestro sistema político retroceda ni un ápice. A pesar de los años transcurridos y la sangre derramada en los campos de Cuba Libre, la derecha española desde la época de Cánovas, con su política de “hasta el último hombre y la última peseta” siempre ha luchado contra la existencia de una Cuba independiente.

Sus palabras me recordaron, salvando la distancia de los personajes y los lugares, a aquella ocasión en que José Luis Rodríguez Zapatero, se indignó chovinistamente, porque el Comandante Hugo Chávez llamó a José María Aznar con el epíteto de fascista, y el padre de este señor de manera descompuesta ordenó a continuación al inmortal prócer latinoamericano ¿¡Por qué no te callas!?

Es que la visión eurocentrista de la España semifeudal y retrógrada que nos conquistó, reflejada hoy en las palabras de Felipe VI, y en los seguidores de la derecha facistoide del Partido Popular; aquella que todavía hoy no es capaz de canalizar las demandas de justicia y democracia en la propia España, que amenaza en desintegrarse en mil pedazos, pretenden hacernos creer que las crueldades y los horrores que cometió la metrópoli española por estas tierras de América, nunca sucedieron.

Los cubanos nos fuimos a la guerra, porque éramos esclavos todos, los que aparentemente éramos libres y nuestros hermanos que dormían en los barracones de los ingenios. Y estábamos esclavizados en nuestra propia tierra, de la cual la metrópoli española extraía gran parte de las rentas que le permitían mantener a flote una economía, que ya por aquellos años estaba a la zaga del resto de los países europeos.

No sé si Hitler habrá sabido de la existencia de Valeriano Weyler, y su Bando de Reconcentración, pero evidentemente, esta política tiene mucho en común con lo que después pasó en Auswitch, Buchenwald y otros campos de exterminio en Europa, y las Aldeas Estratégicas de la Guerra de Viet Nam. Solo recuerdo que en la población cubana de aquel entonces de apenas 2 500 000 almas, produjo más de 300 000 víctimas, fundamentalmente ancianos, mujeres y niños.

Su objetivo fue evitar que la ayuda en alimentos, armas y hombres de la población rural al ejército mambí, que bajo el mando del Lugarteniente General Antonio Maceo había llegado combatiendo de Mangos de Baraguá en la provincia de Oriente hasta Mantua, población de la occidental provincia de Pinar del Río. Weyler dispuso entonces (1896) “reconcentrar a las familias de los campos en las poblaciones fortificadas”. Todo aquel que estuviera en terreno despoblado fue considerado rebelde y juzgado como tal. Las fotos que se muestran no son de judíos en Auswitch, son de niños campesinos cubanos reconcentrados. Uno de ellos aparece con su madre.

Debería Felipe VI aprender de la historia de Cuba, sin la cual no se puede escribir la de su propio Reino. Cuando muchos todavía no se explican el porqué de la resistencia sin parangón del pueblo cubano ante las agresiones del imperialismo yanqui, olvidan que somos herederos de aquel héroe epónimo, el Lugarteniente General Antonio Maceo, que un día en carta a un amigo proclamó:

“La dominación española fue mengua y baldón para el mundo que la sufrió; pero para nosotros es vergüenza que nos deshonra. Pero quien intente apropiarse de Cuba recogerá el polvo de su suelo anegado en sangre, si no perece en la lucha. Cuba tiene muchos hijos que han renunciado a la familia y al bienestar, por conservar el honor y la Patria. Con ella pereceremos antes que ser dominados nuevamente; queremos independencia y libertad.”

No sé si Felipe VI conocerá las biografías de Céspedes, Agramonte, Martí, Máximo Gómez. Si las leyera sabría qué hace ya mucho rato que el Rey de España en Cuba, ni pinta, ni da color.

El pueblo cubano ama a España y al pueblo español. Cuando la Roja juega, todos la seguimos como si fueran nuestras, de los cubanos, las hazañas de Iniesta, Sergio Ramos, Cazorla, Casillas, Marco Asencio, o Piqué. Muchos cubanos lucharon defendiendo la República Española de la reacción franquista. Muchos españoles lucharon, como el General Miró Argenter, en las tropas mambisas en contra del gobierno colonial.

El pueblo cubano en su grandeza moral, aunque no ha olvidado, no ha permitido que su alma nacional se haya oscurecido con crímenes como la Reconcentración de Weyler. Por sucesos mucho menos traumáticos que ese episodio horroroso, hay etnias que se odian hasta el final de los tiempos. Sin embargo, y en ello lleva parte importante la prédica del Apóstol José Martí, el pueblo cubano siempre supo distinguir entre el feroz gobierno colonial, encabezado por la retrógrada oligarquía monárquica hispana, y el pueblo humilde y trabajador, de donde vinieron a hacer las Indias, muchos de nuestros padres y abuelos. Pero ningún cubano digno de la Patria que lo vio nacer desea ver nuevamente a Cuba, como un apéndice de cualquier naturaleza, unido a nuevas y antiguas metrópolis.

En 1826, como resultado de su participación en la conspiración independentista Rayos y Soles de Bolívar, salió desterrado de Cuba el inmortal bardo José María Heredia. Embarcó por el puerto de nuestra ciudad, y el mismo relata que al ver en la distancia al Pan de Matanzas, último punto de la geografía cubana, de la cual se alejaba en raudo velero, le brotó la inspiración de su inmortal “Himno del Desterrado”. Quiero dedicar sus estrofas finales al señor Felipe VI.

¡Cuba! Al fin te verás libre y pura

como el aire de luz que respiras

cual las olas ardientes que miras de tus playas

la arena besar.

Aunque viles traidores le sirvan.

del tirano es inútil la saña,

que no en vano entre Cuba y España

tiende inmenso sus olas el mar

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