Falsas analogías

¿Quién ha olvidado la mirada de José Luis Tassende? Foto: Archivo.

Por: Yunier Javier Sifonte Díaz

Hay un pequeño sector entre quienes apoyan lo más rancio de la «disidencia» en Cuba que desde hace días nos muestra en las redes unos argumentos que espantan.

Resulta que comparan el asalto al Cuartel Moncada, a Radio Reloj, y las acciones del Directorio Revolucionario durante la lucha clandestina, con los llamados a tomar ahora estaciones de radio y televisión, romper tiendas o promover la violencia en las calles. No sé bien si igualar ambos escenarios es un desconocimiento absoluto de la historia, un oportunismo atroz o una falsa ingenuidad. Estoy casi seguro que es lo último.

Frente a un escenario así, bien podría hablarse de contextos, modos de organizar cada hecho o sobre los protagonistas de cada una de esas acciones y una práctica sustentada en la ética y la honestidad. Todos darían argumentos suficientes para contrarrestar el sinsentido. Sin embargo, también basta mirar los objetivos.

¿Qué perseguía la Generación del Centenario? ¿Qué construyó cuando llegó al poder? ¿Contra qué proyecto de país luchaba? Cada respuesta implica llegar a una historia de verdadera lucha por la libertad, por la dignidad de la Patria y por la inclusión social, entre otros muchísmos logros.

En el análisis, vamos también a las consecuencias. ¿Cuántos jóvenes murieron a manos de la represión luego del 26 de julio de 1953? ¿Cuántos más lo hicieron víctimas de la tortura? ¿A quién ya se le olvidó la mirada de José Luis Tassende, la muerte de José Antonio, la brutalidad contra Lidia y Clodomira, los muchachos de Humboldt 7, la vida de Frank, los ojos de Abel? ¿En serio vamos a comparar tanta grandeza?

Quienes justifican sus apoyos y defienden una noción de legitimidad que no han ganado, igualmente deberían preguntarse dónde están ahora los torturados, los muertos, los desaparecidos y los juzgados fuera de la ley. ¿En qué calle aparece un cadáver?

El otro argumento habitual por estos días es incluso más indigno: si quienes reciben dinero de Estados Unidos para realizar acciones políticas en Cuba son mercenarios, entonces también Martí lo es, porque recaudó fondos en el exterior para financiar la Guerra Necesaria. Afirmaciones de este tipo ¿son una provocación o un “alarde de inteligencia”?

Mejor regresar a las preguntas: ¿Son comparables las abundantes entregas de financiamiento, por canales e instituciones oficiales que pertenecen al Gobierno estadounidense —la última de ellas de un millón dólares para proyectos que promuevan el cambio de sistema—, con la labor de Martí en la emigración?

¿Realmente significa lo mismo la constancia del Apóstol, la vida austera para darlo todo a un país, con quienes esperan con paciencia la mesada para armar su show y responder a intereses ajenos? ¿Es lo mismo la injerencia que la solidaridad? ¿Es igual un pueblo y un Gobierno?

¿A cuántos se les han olvidado los clubes patrióticos, las reuniones con los tabaqueros en Tampa y Cayo Hueso, los discursos, los obreros pobres dando hasta el último centavo? ¿El Martí inquieto y patriota, es igual al «activista» que intenta vender a un país? ¿Quiénes no recuerdan a Mariana en Jamaica, a Gómez y Maceo por Centroamérica, a Flor, a María Cabrales, a Bernarda Toro?

¿Son ellos «mercenarios» porque desde otro país contribuyeron a una guerra que traería la libertad a su Patria? ¿Lo es Máximo Gómez, el hombre que en la emigración enfrentó penurias, la muerte de los suyos, enfermedades y hambre, pero que no dejó de recaudar cada peso para la Revolución?

Es el mismo que rechazó la ayuda de un presidente para evitar «cometer ninguna acción que no me parezca bastante digna de mi honrada miseria». Se trata del héroe que debió vender sus lentes, su revólver y su reloj —sus objetos más preciados— para mantener a la familia, al mismo tiempo que recaudaba fondos para comprar armas.

Y María Cabrales, ¿es también mercenaria? La mujer que fundó clubes patrióticos en Jamaica y Costa Rica, la esposa del Titán que estuvo de casa en casa para recolectar dinero y ponerlo a los pies de la Patria, la que padeció el destierro, la muerte del héroe y la desunión familiar, pero que jamás se fue a un rincón. 

Intentar legitimar la delincuencia, la doble moral y el entreguismo a partir de comparaciones como las vistas en los últimas días en las redes sociales implica, sobre todo, desconocer a un país y su gente. Frente a ellas se impone el estudio y el análisis, el sentido critico y la alerta ante cantos de sirena y falsas posturas. Las claves de hoy están también en sostener ese otro diálogo con la historia y sus enseñanzas.

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