Iraq: las víctimas

¿Misión cumplida?

 Por Oliver Zamora Oria

Cuando las fuerzas estadounidenses entraron a Bagdad prometieron al mundo que la nación árabe se convertiría en un paradigma de democracia y prosperidad, que los árabes de países vecinos irían allí a buscar oportunidades mejor vida. Diez años después, aquel pronóstico norteamericano parece un irrespetuoso chiste de mal gusto.

La mayoría de los iraquíes carecen de agua potable, los servicios públicos (educación, salud y electricidad) son muy precarios, casi un millón y medio de desplazados no pueden o no quieren regresar a la nación, una fragilidad política extrema, y solo el 40 por ciento de los ciudadanos tiene trabajo; lo único que funciona a la perfección (fíjense que interesante) es la industria petrolera con sus 73 mil millones de dólares anuales. ¿Casualidad? No.

Pero sobre el infierno iraquí hay mucha información para quien desee buscarla, concentremos este comentario en otro aspecto. ¿Cuál es la segunda gran víctima de la guerra contra Iraq? Sin dudas Estados Unidos, o para ser más específico, el pueblo norteamericano y en cierto sentido también su gobierno.

Más de cuatro mil muertos, familias destrozadas por la pérdida de un hijo, un padre o un hermano; miles de veteranos de guerra con trastornos psicológico o mutilados, quienes, por ciento, reciben una atención médica deficiente. La guerra costó casi dos billones de dólares. ¿De dónde salió ese dinero? ¿De las cuentas privadas? No, de los impuestos cobrados a los contribuyentes norteamericanos. En resumen, el pueblo estadounidense ha sido otra de las víctimas, y todo por mentiras: las falsas armas de destrucción masiva, los falsos vínculos de Saddam Hussein con Osama Bin Laden, las falsas intenciones de llevar la democracia, la paz y la prosperidad a ese pueblo.

A nivel político y estratégico, Iraq también provocó lesiones y cambios en el sistema norteamericano. Washington vivió uno de sus mayores descréditos a nivel internacional, levantó ronchas en algunos de sus aliados (ejemplo clásico Turquía) y uno de los mayores beneficiados de la contienda resultó ser Irán, el gran enemigo en la región.

La terrible experiencia en Iraq y Afganistán forzaron cambios en la estrategia militar, se acabaron los grandes despliegues de tropas o las guerras sin estrategias de salidas. El presidente Barack Obama prefiere la guerra con drones, ahora un soldado desde Estados Unidos controla por computadora un avión no tripulado que mata civiles en Pakistán o en cualquier región del mundo. Ya no hay bajas, ni grandes gastos en logística; quizás sí más escándalos políticos, pero eso no es de mucha importancia en la Casa Blanca.

Y qué curioso, es en Estados Unidos también donde están los ganadores, me refiero a las grandes empresas, incluido el sector petrolero (no por gusto lo único que funciona en el país árabe). Teóricamente Washington gastó 60 mil millones de dólares en la reconstrucción de Iraq, dinero público que pasó a manos privadas, de ese monto se robaron unos ocho mil millones. ¿Quienes robaron? ¿Los empresarios iraquíes? No, los norteamericanos. Al final Iraq es eso, un negocio. Lo que me gustaría saber ahora es cómo están hoy las consciencias de los artífices: George W. Bush, Tony Blair y José María Aznar.

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